• Edgar, el coleccionista

HERENCIA FAMILIAR (HISTORIAS DEL CUADERNO NEGRO)

Casi no he hablado de mi familia. He contado, anteriormente, que tuve un gemelo fallecido, Eduard, y que mi padre me inició siendo un niño en el negocio funerario, oficiando el velatorio de mi propio hermano.

Sería falso decir que no guardé resentimientos hacia mi familia por permitir que me integraran a esta actividad desde pequeño, más allá de comprender que había un propósito tras ese accionar, que lo fui descubriendo con el tiempo, al encontrar en mi don una forma de ayudar en el mundo material y espiritual.

Habiendo partido muy pronto mis padres, y con el resto de familiares muy lejos de mi pueblo, solo tomé por sentado seguir con mi vida.

Hubo un pedido de mi padre que, por un extraño sentimiento, no cumplí.

Él me pidió expresamente, que, cuando falleciera, abriera una caja fuerte oculta tras el retrato familiar, y siguiera sus instrucciones.

Hasta el momento no había querido cumplir el pedido.

Luego de una conversación con mi amada Aurora, tomé fuerzas para concretar la apertura de la caja.

—Edgard: no somos jóvenes. Si realmente deseas comenzar conmigo una familia, debes hacer las paces con tu pasado, y resolver cualquier duda que haya quedado en el aire.

“Estoy convencida, por mis creencias y experiencia, que para lograr sembrar un terreno con prosperidad, primero que nada, debes sanear la tierra, trabajarla y amarla.

“No prosperan las semillas plantadas en un campo agotado, o con malezas…

Estas palabras me animaron para correr el cuadro donde mis padres parecían contemplarme directo a los ojos, al igual que mi hermanito.

Abrí la caja fuerte, donde encontré una cantidad de sobres fechados con el treinta y uno de octubre, mi cumpleaños. Sorprendentemente, eran posteriores al día actual.

Había una piedra, parecida a un diamante, pero muy grande y transparente, y otros objetos extraños y variopintos, entre los que se destacaba una piedra más pequeña, del mismo material que la principal, engarzada para usar como un prendedor discreto.

Al verla al trasluz, observé que en su interior tenía grabado un pequeño ojo. Ignoro como se puede plasmar una imagen en ese material, en su centro.

Continué explorando la inmensa caja fuerte, hasta topar con un grueso cuaderno de tapa negra, que, al tocarlo, emitió un extraño cosquilleo. Tenía ilustrado también el ojo solitario en su portada, y al abrirlo, me encontré con la letra de papá.

Comencé a leer con gran intriga.

En principio, me decía que sabía que yo abriría la caja recién en el día de la fecha, que aparecía plasmada en la amarillenta hoja, lo que hizo que me estremeciera.

Me explicaba muchísimas cosas que aclaraban su proceder de antaño, y que iré contando con el tiempo.

Cada sobre, debía ser abierto para mis próximos cumpleaños, y contenían un obsequio, y una revelación.

Es claro que el número de sobres me indicaba los años que me quedan de vida, un dato que me reservo.

Pero voy a adentrarme en la historia que hoy les voy a contar, plasmada con el puño y letra de mi padre.

Antes de conocer a mamá, siendo muy joven, y estando de viaje lejos de su casa, con unos tíos que le enseñarían la parte contable del negocio funerario, conoció a una hermosa chica, misteriosa y exótica, que no podía dejar de ver. Sentía una atracción irresistible hacia ella.

Cuando estaba con Samanta, se creía en la gloria. Él insistió en serle presentado a su familia, ya que todos los encuentros eran clandestinos, pero ella nunca accedió. Le dijo que aún no era el momento indicado.

Cuando no estaba con Samanta, papá sentía un intenso dolor en todo el cuerpo, adormecimiento, náuseas, y todo tipo de malestares. Estos solo se calmaban cuando volvía a ver a la chica.

Samanta, de un día para el otro, simplemente desapareció.

Papá enfermó gravemente. Les refirió a los tíos la historia con ella, y por más que se esmeraron en hallarla, incluso con la intervención de un detective privado, no la pudieron encontrar.

Entre tanto, tomaron la decisión de enviarlo de nuevo al pueblo, porque en el hospital no daban en la tecla en cuanto a la naturaleza de la enfermedad, y pensaron que podía ser de origen nervioso.

Habiendo completado sus conocimientos contables, totalmente desmejorado y acongojado, papá volvió a su casa.

No bien regresó, se compuso totalmente, para gran alivio de todos, reiniciando sus actividades normales.

Cuando un tiempo después conoció a mamá, y se enamoró de ella, en su mente, Samanta era un recuerdo borroso, como un sueño que uno no consigue recordar bien al despertar.

Al unirse con mi madre, el don dormido de mi papá, sumado al de ella, despertó en todo su apogeo, dotándolo de clarividencia, entre otras cosas.

Ese mismo don, que yo heredé con otras connotaciones, y menos poderoso, fue el que antes de fallecer le esclareció la verdad sobre Samanta: era una cultora del mal, una hechicera, que como un vampiro se alimentó de la energía de mi padre para potenciar su brujería, y lograr un propósito que alcanzó antes de desaparecer de su vida: quedar embarazada de él.

¡Tengo un hermano vivo!

En el escrito, mi padre me advierte que ese hermano, lejos de ser familia para mí, como vástago de la oscuridad, me buscaría muy pronto para matarme y utilizar mis poderes para derramar dolor y maldad sobre el mundo.

Yo tendría que confrontarme con él antes de tomar una decisión que implicara descendencia, y destruir su impronta maligna, también antes de que él tuviera hijos.

La piedra transparente, me dijo, me anunciaría la cercanía de mi medio hermano: se iría oscureciendo de acuerdo a su cercanía. La más pequeña, la podría llevar en mis prendas para ver constantemente su color: el negro absoluto me diría estar frente a frente con él.

No debo intentar encontrarlo. Él se acercará a mí, y debo estar preparado, ya que desde el mismo momento en que yo lea el escrito, mi medio hermano sabrá que yo tengo conocimiento de su existencia, y comenzará su cacería humana.

No tengo temor. Me siento preparado y agradecido por el consejo de Aurora: no se pueden arrastrar traumas del pasado que contaminen una nueva familia. Hay que perdonar errores propios y ajenos antes de comenzar cualquier camino.

Esa misma noche tuve la primera aproximación de mi medio hermano.

Cuando estaba acostado, sentí un ruido como un chillido, y mi cuerpo, totalmente paralizado. Se trizó la ventana de mi cuarto, por la que entró una gigantesca y horrorosa ave carroñera: una especie de buitre, con plumas que olían a putrefacción, y un pico aserrado del que manaba un inmundo líquido verdoso.

Aprovechándose de mi inmovilidad, el espantoso bicho se posó en mi cuerpo, y una voz de ultratumba salió de su fétido pico, del que asomaba una lengua bífida.

—¡Al fin nos conocemos, hermanito! Aunque no te rebelaré aún mi rostro, te doy a conocer mi nombre: Velasco.

Dicho esto, me arrancó el ojo izquierdo de un certero picotazo, mientras yo sentía una agonía de dolor y repulsión.

De pronto, el ave pareció asustada, y soltando mi ojo, que latía como un pequeño corazón, alzó vuelo y desapareció por la ventana.

—¡Despierte, Edgard, por favor!

La voz de mi asistente Tristán me trajo a la consciencia

, tras la horrible pesadilla. Me dijo que él se había despertado con una intuición extraña de peligro y desazón, y me encontró prácticamente convulsionando en mi cama, muy asustado.

Le conté toda la historia, y prometió cuidarme y ayudarme.

Juntos fuimos hacia mi colección, donde la piedra otrora transparente lucía una lechosa opalescencia grisácea. Velasco se aproximaba. El pin prendedor mostraba el mismo color enfermizo. Debería, de ahora en más, estar muy alerta.

Pronto les iré contando mis encuentros, encomendándome al Supremo, pues parece que este ser, con mi misma sangre, es un ente absolutamente demoníaco.

Los espero, amigos, en La Morgue, para mostrarles mi colección y sus historias.

Y fíjense si las cosas de cristal que los rodean se oscurecen: algo maligno los puede estar acechando. Buena semana.


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