Fantasma


Hay un fantasma siguiéndome.

Cuentan que todo empezó en un velorio, que no debí de haber asistido. Los muertos se pegan a los vivos, es cosa de envidia me dijo mi madre cuando entramos al velatorio, no deberías de acercarte a sus cuerpos.

Yo escuché su consejo, sin embargo no podía seguirlo; esa era la última noche que vería a mi abuelo y no podía no despedirme de él.

El féretro estaba abierto, todos podíamos ver su sonrisa forzada por un embalsamador y la paz que emanaba. La Muerte debe de ser muy bella pensé cuando vi su sonrisa, esa que en él sólo se provocaba cuando veía a una mujer que le parecía bonita. Lo abracé con mi cuerpo entero, me detuvieron, me alejaron de él pero aun así mi cuerpo quedó oliendo a formol y a su loción.


Me fui al baño a lavarme las lágrimas. Ahí, el fantasma apareció por primera vez. Lo vi acechándome desde una esquina del lugar, sus ojos negros brillaban y su rostro parecía estar vacío.


Salí del velatorio, llegué a mi casa y ahí estaba de nuevo el fantasma, viéndome desde la oscuridad con sus ojos fijamente en mí. Toda la noche lo sentí rondando mi cama.

Seguramente es tu abuelo...te dije que no se tiene que abrazar a los muertos... decía mi madre desconociendo absolutamente que quien me seguía no tenía ningún parecido con él.


Con el paso de los días me acostumbré a su presencia, a menudo lo debaja subir a mi espalda y sentía su peso, era el de una niña, inclusive había percibido su risa tímida mientras se escondía en las sombras cryendo que yo no la veía.

Pensé en alejarla, en buscar a alguien que la llevara lejos, pero no pude hacer eso, no me atrevía a dejarla sola, y así, la idea de que ella me necesitaba se hizo más presente.


Empecé a cerrar la puerta de mi habitación, quería privacidad para nosotras. En la presencia del fantasma todo el lugar se oscurecía y me ahogaba una sensación de profunda tristeza, pero esa emoción era adictiva. Comencé a valorar e inclusive a extrañar la oscuridad. No quería irme y dejarla esperándome, así que la invité a todo mi mundo.


El fantasma triste, como la llamo ahora, se ha vuelto para de todo mi ser, cuando me alejo ella grita y se aferra a mí, ha sido tanta su fuerza que ha llegado a marcar mi piel con sus dientes afilados, así que prefiero abrirle un espacio entre mi ropa, piel o huesos para que ella pueda entrar. He traído la luz a la casa, sin embargo pareciera que ella sólo acepta la tristeza y es así como hemos decidido volver a los velorios.

Día tras día, un velorio nuevo, una nueva historia y claro, un vínculo que crece entre nosotras cada vez más.




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