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FÚTBOL Y PACTOS

Martín y Felipe eran amigos desde la más tierna infancia.

Compartían juntos casi todo en la vida.

Solo tenían un punto de discordia: ambos eran hinchas de equipos de fútbol rivales, por lo que había muchos chistes urticantes, dependiendo el ganador.

Competían, además, por quién se lucía con la broma más pesada respecto a su fanatismo.

Los equipos llegaron a una instancia en la que se enfrentarían por un ascenso, lo cual provocó las típicas diatribas entre los amigos, esta vez, más fuertes que de costumbre.

Martín le preguntó a Felipe qué haría como cábala para que ganara su cuadro.

Cuando ganemos, porque no tengo dudas del triunfo, me pondré a correr desnudo por todo el pueblo, luciendo los tatuajes del mejor equipo del mundo en mi piel…

¡Qué estupidez tan infantil! Yo haré algo mucho más serio: pactaré con Satán. No solo ganaremos, sino que también le pediré que tu equipo de mala muerte desaparezca de la faz de la tierra…

¡Serás rebuscado! ¿Tan inseguro te sientes, que necesitas pactar con el diablo? ¿Será que es un club de pobres diablos?

Si otros amigos presentes no intervenían a tiempo, separándolos, los muchachos iban a terminar, con seguridad, a las trompadas.

Llegó el ansiado día del enfrentamiento de las escuadras rivales.

Cada uno en su casa, con mucho nerviosismo, ambos esperaban que comenzara el partido donde se definiría el ascenso, y la posibilidad de humillar a su par.

Y de pronto, una lluvia huracanada interrumpió la transmisión: el enfrentamiento se suspendía por mal tiempo, un hecho totalmente inesperado, ya que los pronósticos no lo habían anunciado. Toda la región se vio afectada.

A Felipe se le ocurrió una idea: se disfrazó de diablo, con un atuendo del que su padre estaba orgulloso, por el realismo que tenía. Lo usaba en Halloween cuando estaba muy ebrio, feliz de meter miedo a quién lo viera.

Sin importarle la lluvia torrencial, corrió hacia la casa de Martín, y conociendo que guardaba una llave bajo una maceta de la entrada, ingresó en la vivienda, encontrándolo de espaldas.

Con una voz gutural muy bien lograda, bramó:

¡He venido a cobrarme tu alma, inmundo mortal perdedor!

Martín se dio la vuelta, y ante la macabra visión entre penumbras del horroroso diablo de cuernos retorcidos, garras impresionantes y colmillos agudos, gimió muy quedo, y, llevándose la mano en el pecho, se cayó al suelo, atravesado de dolor.

Felipe lanzó una carcajada.

¡A que te hiciste encima del miedo, cobarde! ¡Mírate, el que hace pactos con Satán!

Tomándose el pecho oprimido, casi sin respirar, reconoció la voz de su amigo. En un estertor, antes de morir por un infarto, Martín le dijo a Felipe con su último hálito:

¡Grandísimo idiota! ¡Me mataste del susto, pero tú eres la garantía del pacto!

Bajo su demasiado realista disfraz, sin poder creer el giro de los acontecimientos, Felipe corrió a auxiliar a su amigo, pero un calor sobrenatural le impidió moverse. En segundos, pasó a ser insoportable, y el pobre infeliz se prendió fuego, ardiendo como una tea viva.

Así lo vio todo el pueblo, corriendo desesperado, con llamas altísimas que la lluvia torrencial, sin explicación lógica, no conseguía apagar.

Nadie logró ayudarlo, y cuando al fin terminó su loca carrera, era una momia calcinada, negra como el carbón.

Por pedido de ambas familias, los amigos serán velados juntos.

El comisario Contreras me trajo el contrato que Martín había redactado manuscrito, dirigido al maligno, y firmado con su sangre, donde pedía el triunfo de su equipo, y la destrucción del contrario, poniendo de garante al desafortunado Felipe.

Muchos dicen que el pobre fue alcanzado por un rayo, que tenía algo combustible encima, que pisó un cable en corto, en fin, había miles de teorías sobre su extrañísimo deceso.

Lo cierto es que, algunas bromas llegan demasiado lejos, y existen entidades con las que no se puede jugar.

Guardo el contrato, seguramente hecho como chiste, en los estantes de mi colección. Chiste o no, la sangrienta firma brilla en la oscuridad, con una iridiscencia enfermiza…

Me recuerda lo malo del fanatismo, y de tomar a la ligera a las fuerzas del mal.

Si tienen dudas, solo deben acercarse a La Morgue, y verán el fatídico documento, el último que vinculó la vida de dos grandes amigos con alguien que es mejor no nombrar… a menos que deseen finales como los de ellos.

Los espero en mi próximo velatorio…

@NMarmor

Edgard, el coleccionista





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