EL CRIADERO DE PERROS

Natán amaba profundamente a su esposa, Dalma, quién sentía adoración por los perros.

No tuvo ningún inconveniente cunado ella le planteó dedicarse a criar canes de raza, y comercializar las crías, en forma amorosa y humanitaria.

Así que le brindó a su mujer todas las comodidades y apoyo económico para su emprendimiento, mientras él se dedicaba a su trabajo de técnico informático, generalmente desde la comodidad de la oficina instalada en su propia casa, lo que cuadraba felizmente con su timidez y deseo de tranquilidad.

A veces lo perturbaba un poco la invasión de ladridos, que apaciguaba subiendo el volumen de la música que lo acompañaba en su labor, generalmente heavy metal.

En general, era un tipo feliz, poco comunicativo, pero amoroso y tierno con Dalma.

La apacible rutina del hombre se desmoronó cuando su esposa cayó enferma, con un diagnóstico negativo: habían hallado un tumor inoperable en su cerebro, y no le quedaba mucho tiempo.

Ante esta situación, Dalma le rogó a Natán no quedarse internada. Prefería morir en su casa, bajo su cuidado, como última voluntad.

Le pidió a su marido que se ocupara de los animales, lo cual superaba ampliamente la capacidad física y emocional del hombre, sumamente abatido con la situación.

Así que durante meses, lo que había sido un prolijo refugio bien organizado, limpio, y contenido por el amor y supervisión de una mujer que amaba y dedicaba mucho tiempo y cariño a sus animales, degeneró en una pocilga inmunda.

Lo único que Natán hacía en el predio que tenían en su casa rural para el criadero, era arrojar alimento balanceado, sin calcular cantidades, a tontas y a locas, sin limpiar ni controlar la salud de los perritos, que se reproducían endogámicamente, generando animales enfermos, plagados de parásitos, hambrientos y deshidratados.

Ajeno a que los canes a veces se peleaban entre ellos e incurrían en el canibalismo, devorando a los abatidos, e incluso, las madres a sus indefensas crías, solo tenía su foco atencional puesto en atender a Dalma, cuyo estado, tal como habían pronosticado los médicos empeoraba día a día, con lapsos de demencia, en los que, con infinita paciencia lograba apaciguar sus ataques de nervios y llanto, reprimiendo su propia tristeza al ver el deterioro de su esposa.

Atento a cada segundo de sus necesidades, ni se percataba del pandemónium de ladridos salvajes y aullidos. Al no tener vecinos cerca, nadie lo sacó de su ensimismamiento, ni le hizo ver que su propia conducta era enfermiza: en pos de la atención de su mujer, había descuidado, incluso, su propia alimentación.

Ninguno de sus conocidos lo hubiera reconocido: de su impecable pulcritud, pasó a tener un aspecto de pordiosero, dejando crecer su cabello y barba, y vistiéndose con la poca ropa limpia que le iba quedando, sin fijarse si combinaba.

Solo en los momentos en que Dalma caía en un sopor inducido por los calmantes, él se dedicaba a cumplimentar los soportes técnicos que podía, para mantener un mínimo de ingresos, de comer esporádicamente lo que iba quedando en las desmanteladas alacenas, y de arrojar alimento al patio de los perros, sin fijarse, siquiera en el horrendo caos y el olor nauseabundo que salía de allí. Su mente estaba disociada, con su foco atencional permanentemente puesto en su mujer, cada día más lejana, y a punto de dejarlo.

Y llegó el momento maldito: Dalma tuvo unos instantes de mágica lucidez, en que deslumbró a Natán con la sonrisa que casi transformó su esquelético rostro en la mujer de la que se había enamorado.

Ella le tomó la mano con fuerza.

--¡Muchas gracias, mi amor! Has sido maravilloso conmigo. Llegó el momento de despedirme…

--¡No, Dalma! ¡Vas a ponerte bien!

Ella aflojó mansamente la presión de su mano, y cerró los ojos, manteniendo la sonrisa de paz en su demacrada cara.

Natán le tomó el pulso, y comprendió que había partido.

Perdió la noción del tiempo, acurrucado a su lado, abrazando al atadillo de huesos que había sido su amada esposa, hasta que la tibieza del cuerpo se esfumó y comenzó a enfriarse hasta un punto gélido.

Recién ahí centró sus pensamientos en todos lo que debía hacer.

Comunicar el deceso, preparar el funeral…

No tendría inconvenientes con ello, ya que tenía una nota redactada por los médicos de su esposa testificando el estado de la misma, y que se hallaba bajo el cuidado de su marido hasta su inminente muerte.

Con la lucidez de quien despierta de una larga y amarga pesadilla, tomó conciencia de que no recordaba cuándo había sido la última vez que había alimentado a los perros. Es más: ni sabía si quedaba comida para ellos.

Desesperado, buscó en las desmanteladas alacenas, y encontró la última bolsa de alimento canino que quedaba, y se dirigió hacia el patio, desesperado, hacia la puerta, sin tener noción del horrible espectáculo que le esperaba.

Una jauría de horrendos cuasi esqueletos de babeantes colmillos, con la testa baja, lo sorprendió, gruñendo en un gutural tono amenazante, mientras captaba el inmundo olor a heces, orina y putrefacción concentrados.

Del terror, se le cayó la bolsa de las manos, que se rompió en el suelo.

Cuando salió de su parálisis, e intentó retroceder, como obedeciendo conjuntamente una orden, los perros se le fueron encima con furia demencial.

Casi sin sentir las primeras dentelladas, quizá por efecto de la descomunal secreción de adrenalina, balbuceó, gimiente:

--¡Perdónenme! ¡También perdóname tú, Dalma! ¡Te he fallado!

La jauría lo devoró vivo.

De algún modo, al haber quedado abierta la puerta del ingreso a la casa, los animales lograron huir del lugar, probablemente por una puerta ventana mal cerrada, que Natán, en su alienación de dolor, no se molestó en chequear.

Un lugareño, días después, vio con estupefacto horror, un perro que se paseaba por el paraje cercano a su hogar con una mano humana en su boca.

Inmediatamente se contactó con la policía, que siguió las pistas hasta dar con la casa criadero, y ató los cabos, hallando el cuerpo de Dalma.

Consiguieron apresar al animal con su trofeo, y a sus compañeros de desgracias, en las cercanías del lugar de los hechos, y una vez constatados que no eran peligrosos, (habían obrado de la forma espantosa en que lo hicieron llevados por las condiciones extremas a las que estuvieron sometidos), consiguieron reubicarlos en casas de campo, sin contar, por supuesto, la historia terrorífica que habían protagonizado.

En cuanto a Natán, muy poco quedó de él para organizar su despedida.

Restos desgarrados de ropa y calzado regurgitados en la comilona feroz irían en el ataúd, cerrado, al igual que el de Dalma.

Mi amigo, el comisario Contreras, me dio en secreto la mano que el perro cargaba entre sus fauces.

Sé que las almas de la pareja están en el plano de la paz del descanso.

La mano de Natán, en un frasco con una cruz blanca en su tapa, parece alzarse en un gesto de ruego, desde el estante de mi colección.

Se pueden acercar a La Morgue a verla. Hay muchas cosas e historias que disfrutar, (dependiendo su temple).

Y, por último, les dejo un consejo: sé que algunas razas son muy atractivas, pero yo les diría que no compren perros de criaderos. Es preferible adoptar sus mascotas rescatándolas de refugios, de la misma calle, o recibirlas de obsequio.

Como entenderán, tengo mis razones para decírselo…

Buen fin de semana.

Edgard, el coleccionista

@NMarmor

Imagen de Pinterest




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