El corazón roto


Hola, queridos amigos.


Quiero contarles la historia de la muerte de la muchacha más bella del pueblo.


Se suicidó por una decepción amorosa.


Con sus tiernos quince, un misterioso hombre que la triplicaba en edad la había enamorado, prometiéndole, en su condición de casado, un divorcio y una vida en común.


Como siempre se prorrogaba la cristalización de la promesa, la niña le inventó un embarazo al amante, que le confesó que no pensaba separarse de su esposa, ni distanciarse de sus hijos, y que solucionaría el ´´inconveniente´´ con un médico de su confianza.


Clara, totalmente desgarrada, optó por envenenarse con raticida.


Algún componente del veneno había tornado su piel de un tono azulado.


Sus padres me pidieron, entre la desesperación de la pérdida, que hiciera lo posible para que se viera hermosa en su despedida.


Con sumo respeto, cuando tuve el cuerpo de la niña tendido en la camilla, preparé el material para subsanar el extraño tono azul de su piel. Azul: el color de la tristeza, según los entendidos.


No bien me aboqué a mi labor, el espectro de Clara se me presentó, con el rostro más desolado que había visto en mi vida.


Los muertos no hablan. Pero ella quería contarme algo. Quería develarme el secreto de la identidad del hombre que le había roto de angustia el corazón. Así que acepté con un gesto que me abrazara, para sentir su pesar.


Fue un instante, mientras sus brazos fantasmales se entrelazaron a mi cuerpo, donde, con un recorrido de hielo líquido por mis venas, vi todo lo que la agobiaba.


El amante que la había engañado, aprovechándose de su inocencia, era el socio y mejor amigo de su padre.


Percibí las malas artes del sujeto, las ilusiones sembradas en vano en un alma pura, la traición a su familia y amigo de años, y el dolor inmenso que llevó a la niña hacia la muerte.


La chica captó mi entendimiento de la situación y deshizo su abrazo gélido.


Bella Clara: no sólo he comprendido la injusticia cometida, sino que creo tener la solución para que puedas alcanzar la luz de tu descanso celestial. Y, de paso, equilibrar la balanza.


Ella asintió.


Le extirpé el corazón y, con finísimo hilo de oro, lo suturé, para simbolizar la reparación de su cruenta ruptura.


Con amor y cuidado, lo coloqué en un bellísimo frasco con líquido conservante, donde flotaba, emitiendo destellos dorados.


Luego me dediqué, con alma y vida, a embellecer el semblante de la niña dejándola con su mejor aspecto, como si la tragedia no la hubiera atrapado entre sus fauces.


Ya en el velorio, los padres se sintieron, dentro de su profunda congoja, agradecidos por la tarea estética, que les permitía llevarse el recuerdo de la hermosísima hija.


En un momento que consideré oportuno me acerqué al infame, que montaba la comedia de consolar a su amigo.


Señor Amenábar, lo molesto un momento. No es el lugar ni la ocasión oportuna, pero soy un coleccionista de arte y quisiera su experta opinión sobre una pieza que he adquirido. ¿Le molestaría acompañarme un instante a mi oficina?


Para nada, señor Edgard. Será un placer. Me halaga que me tenga en cuenta.


Ya en la oficina, descubrí el frasco, que tenía tapado con un paño rojo.


Él lo observó con ojos desorbitados.


¿Qué es eso? ¡Por Dios!


Es un corazón roto por un ser abyecto. Si lo mira con detenimiento, verá que está reparado con finísimos hilos del más delicado oro.


Justo entonces, el corazón comenzó a latir dentro del recipiente, emitiendo un sonido rítmico, como un sollozo. No pude menos que recordar el cuento de Poe.


Amenábar estaba fuera de sí. Temblaba, se llevaba las manos a la boca, se estremecía de espanto.


Este órgano, tan puro y sensible, fue suturado con hilos muy delgados. La maldad, traición y engaño, necesitarán no un hilo, sino algo mucho más grueso para subsanar tantas bajezas.