EL CORAZÓN DIVIDIDO

El comisario Contreras me invitó a tomar un café, ansioso de contarme una historia.

—¿Usted recuerda, Edgard, a Lucrecia?

—Por supuesto. Oficié su velorio, hace un par de semanas.

—Pues fíjese, qué curioso: anoche, recibí una llamada de una mujer histérica, afirmando que la finada había ido a vengarse de ella y su amante, por envenenarla.

“Contó que se apareció mientras ellos estaban en la cama, diciendo que regresaba de la tumba en busca de justicia. A Tamara, la denunciante, le arrancó un collar con medio corazón, que le pertenecía, y Alberto, su viudo, murió espantado de un ataque cardíaco al ver la aparición.

“Nos llevamos a la mujer, perturbadísima, a la comisaría para tomarle declaración, y se confesó coautora del asesinato de Lucrecia: dijo haberla envenenado en complicidad con Alberto, para quedarse con la fortuna de la mujer, que heredó de su padre años atrás.

“Ni siquiera la quisimos detener, por lo desquiciado de la declaración. El médico de Lucrecia había firmado el acta de defunción como muerte natural, luego de una larga enfermedad, pero Tamara no quiso regresar a la casa de su amante y ex patrón fallecido. Prefirió pasar la noche en una celda, donde, lamentablemente, se ahorcó.

“Ahora tengo una historia totalmente enredada, una acusación de negligencia por no haber enviado a Tamara a un hospital, un misterio estrafalario, con dos muertos a cuestas, y una supuesta resucitada vengativa…

—Es bastante curioso, Contreras. El cuerpo de Tamara y Alberto, me imagino, estarán en la morgue judicial.

—Así es. A mí se me ocurrió que usted y su ayudante, Tristán, podrían investigar algo a respecto…Extraoficialmente, por supuesto. ¡Es que me mata la curiosidad! Y sentí el presentimiento que tenía que contarle esto. Como que me pesaba en el pecho.

—No le prometo nada, comisario. Porque yo vi el ascenso del alma de Lucrecia hacia la luz. Me miró con tristeza antes de ascender, pero lo hizo. Si siento algo que pueda traer claridad al caso, no dudaré en contactarme.

Y me quedé, yo también con la intriga, que compartí con Tristán. Le dábamos vueltas y más vueltas al asunto, sin encontrar por donde comenzar a averiguar.

—Me parece, Edgard, que en algún momento la respuesta llegará a nosotros. A veces somos piezas que pone el destino en el lugar correcto, cuando corresponde.

Y tal como lo dijo Tristán, apareció la respuesta al dilema, con forma de mujer.

Fue muy impactante ver entrar a mi oficina, guiada por Tristán a ¡Lucrecia!

Mis ojos se negaban a confirmar lo que veían, y, además, percibí, al igual que Tristán, la energía de quienes poseen el don.

—Les pido mil disculpas por el impacto que, de seguro les debe causar mi presencia.

“Aclaro, que, aunque mi nombre también es Lucrecia, soy la medio hermana de la fallecida.

“Si tienen la bondad de escucharme, les contaré todo con detalle.

“Mi padre, Santiago, era bígamo. Como hombre de negocios que viajaba constantemente, no le fue difícil llevar su doble vida, que él creía secreta.

“Verán: tanto mi madre como la de mi hermana sabían perfectamente la situación.

“Ambas tienen una percepción especial, que nosotras, las hijas, heredamos.

“Papá eligió para casarse ilegalmente, en dos pueblos distantes, a mujeres muy parecidas. Casi idénticas, diría yo. Quizá por eso sus hijas resultamos casi mellizas en apariencia.

“¿Por qué toleraron esta situación sin desenmascarar a mi padre? Realmente no lo sé. Son mujeres que tienen una espiritualidad extraña y compleja, y se comunicaban a distancia entre sí, como hermanas astrales, sin celos ni conflictos.

“Lo mismo ocurrió entre nosotras, las “Lucrecias”, nacidas el mismo día y hora, a kilómetros de distancia durante un viaje de mi padre, que no tuvo reparo en que nos llamáramos igual.

“Nos contactábamos mentalmente desde que tengo memoria. Como dos gemelas, amigas, cómplices, sin habernos visto jamás.

“Compartíamos todas nuestras vivencias y secretos.

“Por desgracia, cuando mi hermana se percató de que su marido la quería matar en complicidad con su amante, la empleada doméstica de la casa, yo estaba en coma, tras un accidente.

“En mi impotente estado no podía ayudarla, pero le prometí hacer justicia ni bien mejorara, si esa era la voluntad de Dios.

“Durante todo el proceso en que esa malvada mujer la envenenaba, me contó que le había robado sus joyas, y la que más penaba era un collar regalado por mi difunto padre: el de un medio corazón de oro, que completa otro que me dio a mí, llevándolo colgado en el cuello como propio.

“Quiso el destino que saliera del coma cuando ya era demasiado tarde para mi pobre hermana. Ella había fallecido. Pero me había comunicado que se marchaba en paz, porque confiaba en que yo impartiría justicia ante su asesinato. También me comunicó que fue despedida en una funeraria donde un hombre se condolió por la tristeza de su alma, y que rezó para que encontrara la paz: usted.

“Solo por eso me siento en la obligación de contarles lo ocurrido, sin la pretensión de que se apliquen leyes humanas en este caso.

“Mi hermana me indicó donde guardaban una llave de emergencia para entrar en la casa. Así que con un vestido similar al que usó en su funeral, me apersoné en su hogar, entrando sin dificultad a la alcoba, donde compartían los asesinos el lecho.

“Me hice pasar por la Lucrecia fallecida, diciéndoles con toda la furia que me transcurría, que volvía de la tumba a vengarme de la infamia que habían cometido.

“Cuando vi el collar en el cuello de Tamara, se lo arranqué con una ira demencial, gritándole que estaba maldita, y que no conseguiría jamás perdón ni paz por su delito.

“Quise desquitarme con el retorcido Alberto, pero el muy infeliz, cobarde, murió del susto, sin darme la oportunidad de decirle lo miserable y ruin que era.

“Al ver que Tamara había quedado prácticamente enloquecida, simplemente me retiré, sabiendo que confesaría su crimen, y que no terminaría nada bien, tal y como ocurrió.

“La cuestión es que cumplí el deseo de mi hermana. Volví a mi casa, comunicándole lo ocurrido a mi madre, que le transmitió la información a su camarada astral, para consolarla. Nada le devolverá a su hija, pero la sensación de justicia siempre es un alivio.

“Y si hablo de alivio, debo decir que yo no lo tenía, al percibir su inquietud, a la distancia, respecto a esta historia.

“Me sentía en deuda con usted, por orar en pos del descanso del alma de mi hermana, cuando percibió su tristeza al partir.

“Quiero agradecerle dejándole su collar, junto al mío propio.

“Sé que en sus manos, los simples objetos se potencian como símbolos de sanación, y si algo necesito ahora, es sanar el profundo dolor que me trajo no poder auxiliar a Lucrecia y salvarle la vida. Así que se los dejo con la ilusión de aliviar mi tristeza.

“No abandonen su camino contra el mal, que mora en todas partes. El mal nos rodea como un cáncer, disfrazado de sonrisas amables y supuestas buenas intenciones. No dejen de estar atentos. Y llámenme, si alguna vez me necesitan. Yo también los tendré en cuenta.

Y casi sin darnos tiempo de agradecer, preguntar o despedirnos debidamente, Lucrecia se fue, electrificando el aire con la energía de su don.

Tomé los corazones, que se fundieron en el acto al juntarlos, como si jamás hubieran sido piezas independientes, más allá de las dos cadenas que tenían. Ocuparían un lugar especial en mi colección, recordando la necesidad de justicia, y, como lo había dicho la enigmática Lucrecia, de luchar constantemente contra el mal, acechando desde todos los rincones de este mundo conflictivo.

Me quedaba pendiente contarle el desenlace al comisario Contreras.

Ahora los espero a ustedes, en La Morgue, para mostrarles mis piezas coleccionadas, y todas las historias tras ellas.




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