El conejo en la luna

Todas las noches antes de dormir le daba las buenas noches al conejo que me veía desde la luna.

Lo digo en pasado porque el conejo ha desaparecido, hace ya varias semanas que no lo veo, la luna se ha ido y con ella el conejo.


Mis padres me enseñaron a verlo, me explicaron dónde estaban sus ojos y cómo podía verlo sonreír, de igual forma me explicaron qué acciones podían hacerlo enojar y las evitaba con todo mi ser ...."no te gustaría que el conejo se enojara contigo ¿o sí? " me preguntaba mi mamá cuando me encontraba debajo de las sábanas desobedeciendo sus instrucciones.

El conejo siempre debía de estar feliz, toda la familia creía en él como algunos creen en una deidad, era el gran ser que nos vigilaba y que en algún momento íbamos a hacer algo tan bien que él decidiría bajar de allá para visitarnos.


"La noche no es oscura porque la luz del conejo nos protege" dijo mi padre mientras caminábamos una noche por la calle, "él nos guía, él nos cuida.." repetía mientras caminábamos por los callejones más oscuros de la ciudad.

Y era verdad, a donde fuera que yo volteara podía ver sus ojos viéndome fijamente y esa sonrisa que no guardaba ningún secreto: él sabía lo que yo había hecho.


Cuando el cielo era negro, era porque el Conejo se había devorado todas las estrellas, era entonces cuando sabíamos que al día siguiente encontraríamos una mañana roja, manchada de sangre de estrella.

Cuando el cielo estaba iluminado era cuando el Conejo celebraba y entonces debíamos permanecer despiertos toda la noche para acompañarlo. Así fue como el Conejo primero tomó la vida de mi papá; él vio la luz reflejándose en su ventana, sintió que lo llamaba, nos despertó a todos para pedirnos que lo acompañáramos a ver al Conejo y luego, cuando sintió que la luz lo había cubierto totalmente, se lanzó de la ventana.

Todo su cuerpo se rompió, su sangre brillaba mucho más que la de las estrellas.


La noche siguiente mi mamá estaba inconsolable, le gritó al Conejo exigiéndole que lo trajera de vuelta pero no hubo respuesta, yo veía cómo su garganta casi se desgarraba de tanto llorarle, hasta que al final, cubierta con su luz, tomó una navaja y la abrió.

De su garganta salió sangre tan brillante como la de mi papá: los dos se habían ido, ¿con el Conejo? no lo sé.

Ahora sólo soy yo, se han ido todos, también la luna se fue y se llevó al Conejo, es una noche totalmente negra donde todo puede pasar. Cierro los ojos, uno mis manos mientras me hinco frente a la ventana para rezar pero en el fondo sé que el Conejo no me va a responder.






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