DULCE ESPERA TERRORÍFICA

Me tocó oficiar el velatorio de Iris, una muchacha que supuestamente esperaba a sus hijos por esa fecha.

Era muy triste de ver a la delgada Iris, casi en los huesos, con su vientre distendido en proporciones casi monstruosas. La muchacha quedó sin su esposo, que se fue del hogar no bien ella anunció su embarazo. Todos culparon de canalla a Donato, quién, por haber estado preso una vez por robo, era la víctima perfecta para atribuirle todos los males del mundo. Pero la verdad era otra.

Iris, quien en su adolescencia había sido díscola y rebelde, tuvo múltiples parejas de una noche. Su falta de responsabilidad la llevó a quedar varias veces embarazada, y, contra la voluntad de sus padres, recurrió a abortos clandestinos. Cuando conoció a Donato, recién salido de prisión, se enamoró perdidamente de él, cambiando, para felicidad de sus seres queridos, su errante conducta destructiva. No bien su novio consiguió trabajo estable, decidió tener un hijo, para que fueran la familia perfecta, que en su cabeza proyectaba como una película constantemente. Dejó de tener la regla, y, dichosa, asistió al médico, acompañada de su esposo. El médico, lejos de felicitar a la pareja, mientras hacía la ecografía afirmó tristemente:

—Lamento anunciarles malas noticias. Iris: tienes en el útero una masa tumoral maligna. Lo aconsejable es operar urgente. Hay gravísimos riesgos de salud. También debo derivarte a un oncólogo, para comenzar el tratamiento adecuado sin perder ni un minuto. - Iris se puso histérica. —¡Mentira! ¡Estoy esperando mellizos! ¡Quieren castigarme por mis errores del pasado! ¡Usted, doctor, va a cerrar su boca, y no va a desparramar ese sucio invento para mancillar mi embarazo! ¡Y tú, Donato, si le cuentas a mis padres, o a cualquier otra persona esta estupidez que me dijo este remedo de médico, te denunciaré por malos tratos, e irás directamente a la cárcel, por tus antecedentes!

Salió corriendo enloquecida. El médico le aconsejó al pobre hombre hacer una junta familiar para internar a Iris, que evidentemente, no estaba en sus cabales. Al llegar a su hogar, vio a su mujer con gesto feroz, abrazando su panza, mirando a su esposo con cara de furia.

—Amor, si no te tratas, morirás… —Si no desapareces de acá, diré que me pegaste. Me lastimaré yo misma, y volverás a la cárcel. Si te contactas con alguien de mi familia, te juro que te implicaré en algo tan turbio, que no saldrás de por vida de la celda. Así fue como tuvo que desaparecer Donato, con el corazón roto, y su reputación pisoteada por todo el mundo. Iris convenció a su entorno de que venían mellizos en camino. Cuando “su embarazo” avanzó a un tamaño monstruoso, acusó dolores que según ella eran contracciones de parto, y por ello la llevaron a la maternidad. No bien la internaron, una hemorragia terrible se la llevó en menos de media hora. Cuando los padres de Iris se enteraron de la naturaleza de lo que cargaba en su vientre, buscaron con desesperación a Donato, intentando entender lo que había ocurrido. Siguiendo sus pasos, hallaron otra tragedia: el hombre se había suicidado, en un barrio de mala muerte, en una habitación de alquiler barata, colgándose de un gancho que había instalado en el techo. En una carta había dejado las explicaciones del caso, que la policía compartió con los afligidos padres. La culpa de Iris al haberse deshecho de sus hijos frutos de amantes de ocasión, sin planes ni responsabilidades, solo pensando en juergas, le había trastornado el cerebro.

No solo había arruinado su vida, sino también la del pobre Donato, que había intentado dejar atrás junto a ella una temporada oscura de su existencia, y formar una familia normal. A pedido de los padres, guardé el secreto de que el vientre de Iris no llevaba un monstruoso tumor maligno, sino los soñados mellizos nonatos de la joven. Cuando ya estaba dejando todo listo para comenzar el velatorio, apareció el espectro de Iris, esquelética, salvo el gigantesco vientre, con los ojos manando lágrimas de sangre, rodeada de pequeños demonios negros como el hematite, con alas de murciélago, ojos rojos brillantes, y horrendos colmillos que amenazaban a la aparición con terribles dentelladas. Iris se tiraba de espanto el cabello y se tapaba la demacrada cara cerúlea. Al imponer mis manos me percaté que los entes oscuros eran materializaciones de la culpa de Iris por los abortos realizados: había transformado a los niños no nacidos en criaturas demoníacas que martirizaban su alma enferma de dolor. Se lo expliqué a Iris, con la misma paciencia con que una madre arrulla a un bebé que llora sin consuelo. Puse toda mi energía para que mis palabras vulneraran su tragedia y locura, intentando convencerla de que se perdonara por sus errores, y se liberara para alcanzar la luz de la paz eterna. Ya casi agotado de repetirle esta alocución surgida desde mi espíritu, pude observar el cambio en su gesto. Sus lágrimas dejaron de ser de sangre, y pasaron a transparentes. Miró a los horrendos demonios alados, que fueron estallando, uno a uno, como bombas de ceniza negra. Iris bajó la cara, cruzó las manos en su pecho, y su vientre gigantesco se aplanó. Su imagen se volvió luminosa. Antes de volar en chipas de luz, me llegó su mensaje suplicando perdón por lo que le había hecho a Donato, el único hombre que la había amado y respetado. Le juré que él ya la había perdonado hacía mucho tiempo, y que solo restaba que ella misma arrojara el lastre de sus culpas. Y lo hizo. Se elevó en partículas de luz hasta esfumarse mansamente, arrojando un objeto al suelo. Lo tomé descubriendo que era un test positivo de embarazo.



Hoy lo tengo en los estantes de mi colección. Me hace pensar en la importancia del perdón. Ustedes pueden verla también: solo deben acercarse a La Morgue, y recordando la historia de Iris, y sacar sus propias conclusiones.

Los espero. De todos modos, tarde o temprano, pasarán por aquí…


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