• Edgar, el coleccionista

Cuando el amor… regresa


Queridos amigos: quiero contarles un episodio de mi vida oscuro y perturbador.


Cuando joven, yo viví un gran e intenso amor. Se llamaba Estrella.


Éramos el uno para el otro. La pasión nos consumía.


Mi especial percepción me advertía de algo extraño. Quizá, si no hubiera estado nublada mi mente por la interacción del intenso sentimiento, y las pulsiones erráticas de la piel, me habría percatado de lo que ocurría.


Un día Estrella se marchó. Me dejó una carta ambigua, donde me informaba que me amaba, pero que había sido convocada por "propósitos superiores".


Indagué a su familia, donde todos, desesperados, tenían la misma inquietud que yo.


Denunciaron su desaparición con la policía pero, al ser ella mayor de edad, y haber manifestado su voluntad de marcharse, nada se hizo a respecto.


Me quedó un horrendo vacío, intuyendo algo sumamente oscuro en su abrupta ausencia.


Años después llegó a mi establecimiento un cuerpo, con un escribano que mostraba la documentación pertinente para un velatorio a puertas cerradas. Acreditaba el pago por el servicio, el traslado hacia el cementerio y costas de entierro.


Aunque la identidad anunciada de la difunta correspondía legalmente a otro nombre, al ver el cuerpo supe de inmediato que éste era falso.


La finada era mi amada Estrella.


Ni el paso de los años, ni el zarpazo de la muerte, habían mancillado su espectacular belleza.


Lucía sumamente pálida, pero aun así, tenía el aspecto de una plácida mujer dormida en un sueño profundo. Era tan vívida la impresión, que pese a la frialdad de su cuerpo, ausculté su corazón buscando en vano un levísimo latido.


Me embargó nuevamente una negra inquietud. Una sensación de una energía macabra vibrando en el aire, que no terminaba de asir.


Pese a que se había solicitado expresamente un velatorio a cajón cerrado, al no haber concurrentes para despedir a la beldad que alguna vez fue mi amor, me quedé acompañándola hasta el momento de su partida, a su morada final.


Llegado el momento, antes de cerrar el ataúd, le puse una flor entre sus manos cruzadas sobre el pecho.


Inmerso en la incertidumbre, dejé marchar la solitaria comitiva hacia el cementerio, sin el ánimo de asistir al entierro. No deseaba ver cómo la tierra cubría a quien alguna vez había la motivación de mi sombría existencia.


Esa noche, a la madrugada, sentí en el cristal de mi ventana unos golpecitos.


Me levanté, adormecido y sorprendido, a ver el origen del ruido.


Tras el vidrio, Estrella, resplandeciendo de espectral blancura en la negrura de la noche, insistía con los golpes, un gesto de ruego en el hermoso rostro, mostrándome la flor que dejé entre sus manos, para que la dejara entrar.


Entonces comprendí cuáles eran los "propósitos superiores" que la habían alejado de mi vida.


Era un ser de la oscuridad. Una no muerta. ¡Un vampiro!


Me vestí apresuradamente, y con la mente enfocada, fui a buscar elementos específicos que puse bajo mi amplio abrigo y me adentré en la noche cerrada.


La llamé suavemente. Con una rapidez sobrenatural, se materializó, prácticamente junto a mí.


¡Mi querido Edgard! He vuelto por ti.


Con la tierra del cementerio adherida al cabello y ropa, abrió los brazos, buscando los míos. Yo hice un gesto de acercamiento.


Ella develó unos filosos colmillos. Rápidamente, saqué de mi abrigo el hacha que escondía y ante su asombro infinito cercené su cuello.


Su cabeza rodó. El cuerpo demoró unos segundos en caer, que me parecieron infinitos.


Sin dudarlo, saqué una estaca en forma de cruz y la clavé en ese corazón que alguna vez latió al mismo ritmo que el mío.


Mentiría si negara que durante el proceso escapaban lágrimas candentes de mis ojos cansados de ver cosas ultra terrenales.


Rocié con combustible el cuerpo, en el propio jardín trasero de mi casa, y le prendí fuego. Me quedé a contemplarlo hasta que solo quedaron cenizas, que junté para, más adelante, arrojar a un curso de agua.


En cuanto a su cabeza…


No me sentí capaz de desecharla, ni destruirla.


Le ungí la frente con una cruz de aceite consagrado tintado de rojo, y la conservé en un enorme recipiente de vidrio, que forma parte de mi colección.


A veces, me despierto en plena noche a contemplar los rasgos de Estrella, recordando cuando era mi amor.


Más de una vez me pareció verla abrir los ojos y mirarme con una tristeza infinita.


Pero pueden ser sólo impresiones mías. Saquen ustedes sus conclusiones.


Obviamente, en mi mente estaba la idea de encontrar al ser que había transformado a mi amada en un monstruo y exterminarlo.


Pero esa historia, con todo lo que implicó, se las contaré en otra ocasión.


Los despido, mis amigos, recomendándoles no abrir jamás la puerta a nadie que toque a la madrugada.


Sobre todo si fueron enterrados el día anterior.


Saben que los espero aquí, en la morgue, mi lugar favorito, como todos los sábados.


Dulces y reparadores sueños.

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