CADÁVER OBSTINADO

César decía amar a Majo, su esposa, más allá de las leyes naturales.

Sin reparo alguno, solía decirle, cada tanto:

Ni siquiera la muerte será un rival que logre separarme de ti, mi amor.

Me disgusta que toques ese tema. Disfrutemos de la vida, sin blasfemias.

En realidad, a Majo le horrorizaban esas declaraciones de su esposo. Sentía que al pronunciar algunas frases, él estaba ofendiendo voluntades superiores, y burlando al destino.

Por desgracia, poco tiempo después, la muerte se presentó en el hogar de la pareja, arrebatando la vida del apasionado César, por un derrame cerebral.

La desconsolada Majo vino a verme, para arreglar su despedida, y con el rostro caldeado, me consultó:

¿Puedo confiarle, señor Edgard, una inquietud un tanto extraña que tengo? Temo que me tome por loca…

¡Por supuesto, señora! Hable con absoluta confianza…

Verá… César me aseguraba siempre que la muerte no sería obstáculo suficiente para frenarlo de estar conmigo. Tengo pesadillas horribles, donde él abandona su tumba, y viene a visitarme.

De alguna manera, estoy convencida de que eso ocurrirá. Y quiero rogarle tomar recaudos para que eso no ocurra.

Creo que enloquecería de terror, si no es que ya no estoy loca, por contarle esto…

Mi querida Majo: sé de más cosas sobrenaturales de las que imagina. Y no, no está loca. Hay voluntades tan fuertes, que intentan vencer los frenos que existen entre los planos. Confíe en mí. Quédese cuando termine el velatorio. Nos acompañarán Aurora y Tristán. Veremos que ocurre, y qué se puede hacer ante cualquier contrariedad.

Con un suspiro de alivio, Majo asintió, y nos abocamos al amargo trámite burocrático para oficiar la despedida de César.

La ceremonia transcurrió con la normalidad triste y algo melodramática de estos casos.

Cuando todos se retiraron, Majo se quedó con nosotros, tal como habíamos acordado.

Apenas cerramos las puertas, Aurora, mirando a Tristán con ojos desmesurados, dijo:

¿Sienten? Es como si hubiera un cable de alta tensión cerca…

Era cierto: una extraña energía parecía haberse adueñado de la sala velatoria, poniéndonos los pelos de punta.

Un crujido, acompañado de desamparados gemidos de Majo, que, con los ojos fuera de las órbitas se abrazaba a sí misma, meciéndose como una niña aterrada, nos hizo mirar el ataúd.

El finado César, muy retocado por mis hábiles manos, y las de Tristán, para disimular la autopsia, y el feo color violáceo que tintaba su piel helada, sonreía de oreja a oreja, supurando líquidos por las mismas, además de la nariz, mientras se incorporaba, emitiendo crujidos con todas las articulaciones de su cuerpo helado.

Aurora fue a abrazar a la viuda, que estaba al borde del desmayo.

El hombre intentó comunicar verbalmente sus buenas intenciones, pero de sus cuerdas vocales desobedientes y estragadas salió un graznido tan feo, que hubiera espantado a una parvada de cuervos.

Con absoluta torpeza, intentó abandonar el ataúd.

En ese momento, junto a Tristán, y Aurora, que se acercó a nosotros luego de decirle unas palabras tranquilizantes que no tranquilizaron lo más mínimo a la espantada Majo, le impusimos las manos a César, que nos miró asombrado, supurándole los ojos, mientras trataba de pestañear coordinadamente, sin lograrlo.

¿Por qué, buen hombre, te empeñas en quedarte aquí, y asustar a tu amada esposa? Ya bastante le cuesta asumir tu muerte, como para que le agregues este dolor innecesario.

César, no sin cierta dificultad, se llevó la mano al corazón, y señaló a su viuda, mientras profusas lágrimas barrían el cuidadoso maquillaje fúnebre, transformándolo en un grotesco payaso terrorífico.

Captamos su mensaje: durante la autopsia, le habían retirado el corazón, y él quería que quedara en manos de Majo, porque solo a ella le pertenecía.

Se lo comunicamos a ella, que, con un hilo de voz, le dijo al finado:

Mi amor: pediré al hospital que devuelva el corazón, y, para que nadie vuelva a disponer de él, se lo daré en custodia al señor Edgard, que con tanto cariño ofició tu despedida. ¿Estás de acuerdo, mi vida?

César curvó los labios, rompiendo los puntos ocultos con que los había cosido prolijamente, en una sonrisa que le hubiera helado la sangre al mismo demonio, pero que nosotros sabíamos que iba llena de amor.

Luego asintió, con más crujidos espeluznantes de sus vértebras, y con la gracia de una marioneta con los hilos rotos, le sopló un beso a Majo, y se desplomó, oficialmente muerto, sobre la seda de su ataúd.

Alcanzó a ver, antes de eso, como su esposa fingía tomar el beso, apoyarlo en su boca, y arrojarle otro a él.

Luego de hacerlo, la pobre señora se desmayó. La asistimos, y cuando estuvo repuesta, le dije:

Quédese tranquila, Majo. César se ha marchado en paz.

Eso sí, cumpla su palabra, y solicite al hospital el corazón del finado. Si le ponen peros, mencióneme, y le allanarán el trámite. Luego me lo trae, y haremos tal como le dijo a su marido.

Como la pobre señora estaba hecha polvo, y al día siguiente era el entierro, la dejamos hacer noche en una habitación junto a Aurora.

Pasadas las exequias, reclamó el corazón, que ahora se luce en un frasco, en los estantes de mi colección.

Sé cuándo Majo está pensando en César, porque el órgano, entonces, empieza a latir, con un sonido que suena como: “MA-JO-MA-JO…”

Cuesta creerlo, ¿verdad? Bueno, si tienen dudas sobre mi historia, se acercan a La Morgue, y lo podrán comprobar en primer plano.

La fuerza del amor es una de las pocas que es capaz de vencer a la misma muerte…

Muy buen fin de semana, mis queridos amigos.

@NMarmor

Edgard, el coleccionista


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