Amor más allá de la muerte

Recibí al señor Raúl, sumamente abatido por el deceso de su amada esposa, Amanda.

—Deseo, estimado Edgard, que confeccione un féretro especial para mi mujer. Tiene que ser del doble del tamaño convencional.

—Puedo hacerlo, incluso con la falta de tiempo encima, ya que estamos próximos a recibirla, pero tenga en cuenta, Raúl, las exigencias vigentes en cuanto a las medidas, respecto al espacio para el entierro. Eso no depende de mí, y no deseo que tenga usted inconvenientes. Menos aún, en un momento tan doloroso, para estar renegando con estatutos municipales.

—Gracias, Edgard. Hice los trámites pertinentes a ese respecto.

—Disculpe mi curiosidad, Raúl. ¿Cuál es el motivo para un ataúd tan grande?

—Digamos que es para respetar un deseo de Amanda. Ella tenía siempre claustrofobia.

“Amaba los espacios abiertos, amplios. Le encantaba mirar las aves en el cielo, porque admiraba la amplitud de su espacio de vuelo. Por eso también mi pedido del revestimiento interno de la tapa color celeste, con dibujo de pájaros. “

De todos modos, cuando concluya el velatorio, tendré una pequeña conversación con usted, justo antes del cierre del féretro, si no le es inconveniente. Es para mí de suma importancia, Edgard.

—Por supuesto, Raúl. Ya mismo me pongo en marcha con todo el proceso.


No bien se retiró Raúl, llamé a mis carpinteros para que completaran la tarea en tiempo récord. Les tuve que enviar a Tristán, mi ayudante para que los asistiera, ya que era una tarea más que ardua. Entre tanto, llegó el cuerpo de la malograda Amanda, consumido por un cáncer agresivo y cruel. Puse todo mi empeño y arte en dejarla absolutamente bella, tal y como era antes de que la terrible enfermedad se apropiara de su existencia.

Sentí de golpe su presencia. La vi observándome con una mirada benevolente y triste. Estaba lista para partir. Una gran aflicción la ataba todavía al plano terrenal.

—¿Estás preocupada por tu esposo, Amanda? Ella asintió.

—No asume tu partida, ¿verdad? Nuevo asentimiento.

—Tranquilízate. Hoy mismo hablaré con él para que marches en paz. Como tomándose un respiro, se retiró de mi vista, mas no de mi percepción, ya que seguí sintiendo su triste energía.


Los carpinteros llegaron a tiempo, acompañados de Tristán. Estaban agotados por la realización del extraño pedido, pero el resultado fue una obra maestra funeraria, con molduras y detalles sumamente finos y delicados. Trasladamos el cuerpo, y comenzamos el velatorio, muy concurrido. Amanda era una mujer queridísima en la comunidad. Llamé a un aparte a Tristán.


—Cuando la ceremonia termine, Raúl vendrá a hablar conmigo. Debes sentir que va a suceder algo extraño. Debemos estar preparados.

—Sí, don Edgard. La señora Amanda nos acompaña, observando todo, preocupada. Y su esposo está muy raro. No se aparta de un maletín enorme que carga, y apenas contesta los saludos de pésame.

—Estemos atentos. Transcurrió el velorio con normalidad, y al concluir, y retirarse los deudos, Raúl se nos acercó.

—¿Podré hablar a solas con usted, Edgard? No es nada personal. - agregó, dirigiéndose a Tristán. —Tristán cuenta con mi entera y absoluta confianza. Raúl. Puede hablar con total tranquilidad. Nada de lo que usted nos diga saldrá de aquí.

—Como verán, cargo este maletín. Es para ustedes. Tiene una verdadera fortuna. Son los ahorros de toda mi vida, que sin Amanda, ya no es tal.

“Deseo ocupar un espacio en el féretro junto a ella, y que nos entierren juntos. Como le conté antes, no toleraba los espacios cerrados, menos aún los oscuros. Quiero acompañarla hasta que no me quede aliento, contándole sobre el vuelo de las aves en el cielo, recordándole nuestros momentos juntos, y quedándome con ella por toda la eternidad.

—Raúl: no podemos cumplir su pedido. Aún en el caso en que fuera posible, eso haría muy desdichada a su esposa, que no puede marcharse hacia la luz, por su deseo de aferrarse a sus restos. Ella quiere, como usted, dice, volar feliz, como los pájaros. Su enorme tristeza, su falta de aceptación, la anclarían a una desdicha sin límites de tiempo y espacio. Si lo enterramos vivo, la pena de los dos no tendría fin jamás. Como para dar énfasis a mis palabras, el espíritu de Amanda se hizo presente, avanzando hacia Raúl, que lloraba desconsoladamente al ver a su esposa, toda luminosa, emanando amor, abrazándola inmaterialmente, pero haciéndole vibrar de energía el cuerpo trastocado de dolor.

—¿Siente el deseo de libertad de Amanda? ¿Percibe la voluntad de ella de que continúe con su vida para poder marchar en paz? Porque no descansará nunca, si usted no acepta soltarla, amigo.


Raúl cruzó la mirada con la etérea de Amanda. Besó sus labios inmateriales, y se llevó las manos al corazón. Fue la señal que ella necesitaba para poder dirigirse hacia la luz de la paz eterna, y con una última caricia llena de amor, se deshizo en esquirlas luminosas en forma de plumas, que se corporizaron, flotando un rato en el aire antes de caer dentro del féretro, y un puñado en manos de Raúl, y otro, en las mías.


—Ahora ella es libre. Y lo esperará cuando llegue su momento. Recuérdela como energía de luz, como el vuelo de las aves, en las plumas que dejó.

“Hubiera sido horrible que muriera enterrado vivo junto a un cuerpo en descomposición, Raúl. Somos mucho más que nuestros restos. Yo me ocupo de despedirlos con honra y cariño, pero hay un universo enorme más allá de los rituales de la muerte.


Raúl quedó conmocionado por un rato, luego del cual aceptó ser llevado al entierro por Tristán.

Le prometí cuidar su maletín para que lo retirara luego, más tranquilo. De todos modos, me ocupé de llamar a cuantos amigos y parientes cercanos del hombre yo conocía, para que lo acompañaran y siguieran de cerca sus pasos. No creía que estuviera en peligro de cometer una estupidez, pero el cariño de los seres queridos nunca está de más en un trance así.

Las plumas, blancas y hermosas, forman parte de mi colección, para recordar que el amor es mucho más fuerte que la muerte, que la trasciende absolutamente.

Un cuerpo que se pudre, es parte de un proceso terrenal inevitable. Un alma que ama, no perece jamás.


Los saludo, mis amigos, esperándolos en La Morgue. Recuerden que, si no quieren acercarse, tarde o temprano, pasarán de todos modos por aquí.

Disfruten en vida el mes del amor, y todos y cada uno de sus días.



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