AMADOS NIÑOS GUÍAS

El pueblo vivió una ola de verdadero terror durante el agobiante mes de calor anómalo.

Parecía como si un aura negra se mezclara con el fuego del sol despiadado.

Los pájaros caían muertos de los árboles.

Los campos negaban el fruto de la tierra, que, demasiado caliente, resecaba las cosechas sedientas.

La falta recurrente de agua era un agobio que se sumaba a los cortes del suministro eléctrico.

En medio de esta tortura cotidiana se sumó la trágica desaparición de varios niñitos entre seis y diez años.

La aflicción de los padres no tenía consuelo. La policía no conseguía pistas certeras.

Solo una vaga información de testigos, sumamente difusa, de haber visto cerca de los pequeños a una mujer rubia muy delgada, con un pañuelo o sombrero en la cabeza, pero nada que los acercara al paradero.

No estaban desencaminados aquellos que la mencionaron en los escenarios de las desapariciones, ocurridas en plazas, puertas de comercios, o en la propia entrada del hogar de los chicos.

La misteriosa mujer era Estela, una ermitaña que se recluyó en una casa de campo después de sufrir un nefasto accidente automovilístico con su familia.

Su esposo falleció, y su hijito quedó en estado de coma, del que llevaba así varios meses, mantenida su vida por los soportes mecánicos, esperando cada segundo el milagro que los médicos le decían que no ocurriría, que el niño no tenía actividad cerebral, prácticamente, y que lo mejor sería dejarlo ir, disponiendo la donación de sus órganos, con los que se salvarían muchas vidas, y ella podría retomar la suya sin el agobio de aguardar algo que jamás sucedería.

Insultando interiormente a los profesionales, ella estaba convencida de que Damián despertaría en cualquier momento.

Esa certeza tan hiriente como aferrarse a un clavo al rojo vivo, le fue socavando la psiquis de una manera alarmante.

Una noche tuvo un sueño.

Vio a su hijo flotando sobre su cama, que le indicó que estaba perdido, que no encontraba el camino de vuelta hacia su cuerpo, y que solo alguien pequeño como él, y en sus mismas condiciones podría guiarlo.

Por último, se despidió de su madre llorando, pidiéndole ayuda:

--¡Te extraño tanto, mamita!

Estela se despertó sobresaltada, anegada de lágrimas.

Ahora estaba convencida de que su hijo despertaría: solo debía encontrar la forma de guiar a su niño, tal como se lo había pedido.

Su mente trastornada le indicó la forma.

Comenzó a secuestrar pequeños. Los atraía con su sonrisa angelical, y un regalo llamativo. Los hacía subir a su camioneta, y les prometía una sorpresa hermosa, asegurándoles que sus padres estaban al tanto.

Ya en su casa, les explicaba que habían sido elegidos para una misión muy especial.

A esa altura, cada niño ya se encontraba asustado, arrepentido de haber acompañado a la guapa y simpática mujer.

Ignorando llantos, pataletas e intentos de escape, Estela les mostraba la foto de Damián.

--Vas a hacer un viaje. Será a un lugar muy bonito, y es muy importante que encuentres a mi hijo, y le ayudes a regresar a mí. Dios te premiará por tu hermosa acción.

Pese a la feroz resistencia, que más de una vez le valió un mordisco o una patada, Estela arrastraba a su víctima de turno hacia el baño, y forcejeando sin tregua, sumergía a la criatura en la bañera, donde la sostenía férreamente bajo el agua.

--Por esta vía, la misma del bautismo, llegarás al lugar donde está Damián. ¡Tráelo de vuelta, guíalo, por favor! ¡Dios te acunará a su diestra!

Luego de ultimar a cada una de las pobres criaturas, Estela corría al hospital para ver si su hijo había logrado su regreso.

Si bien la decepción la desesperaba en un principio, se consolaba diciéndose:

--Este pequeño no lo encontró. El próximo lo hará, seguramente…

Una y otra vez perpetraba sus crímenes con las mismas esperanzas enfermas, e iba enterrando en el jardín de la casa los pequeños cuerpos, rematando las tumbas con cruces blancas que decían: “Amado niño guía”.

Luego de numerosos crímenes, volvió a soñar con su hijo.

Éste le dijo que lo que estaba haciendo era algo terrible, y que jamás encontraría la vuelta hacia su cuerpo de una forma tan horrorosa. Ella debía dejar de perpetrar los horrores que venía ejecutando, y viajar personalmente a buscarlo.

Estela se despertó muy triste.

Quizá el último rastro de cordura que le quedaba en su mente había elaborado ese sueño para parar la masacre de inocentes que había iniciado, tan incendiaria y dañina como la ola de calor que azotaba al pueblo.

Llamó a la comisaría, y confesó sus crímenes.

Aclaró que no llegarían a tiempo para apresarla, porque partiría en busca de Damián.

Efectivamente, cuando la policía llegó a la casa de campo, la encontraron colgada de una viga.

En el gran jardín trasero de su casa hallaron el macabro cementerio de cruces blancas.

Me espera un arduo trabajo. Fueron muchísimos los niños que perecieron en las dementes manos de Estela.

Intentaré que todos asciendan al descanso eterno, al igual que Damián, al que le retiraron los soportes vitales. Sus órganos salvaron muchas vidas. Triste paliativo de tanto dolor…

El comisario me regaló una de las cruces blancas, con el mensaje donde el amor y la locura se cruzan en un desesperado abrazo que no deja consuelo.

La puse, por supuesto, en mi colección.

Los espero, queridos amigos. Todas mis historias y objetos cargados de energía están a su disposición, aquí en La Morgue.

Buena semana.

Edgard, el coleccionista

@NMarmor







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