• Edgar, el coleccionista

Alfileres


Estábamos oficiando el velatorio de la señora Leonor, cuando de pronto, con mi asistente Tristán, percibimos un abrupto descenso de la temperatura de la sala. Había olor a ozono y una energía extraña que nos erizó la piel Junto al féretro, vimos el espíritu de Leonor, espantada, intentando escapar del espectro de una mujer de rostro maléfico, que la estaba atormentando.


Despedía un aura oscura. En ese momento, Mercedes, la nieta de Leonor, criada por ella como su hija, entró en un ataque de llanto, que la concurrencia tomó como el dolor propio de la pérdida.


Nosotros captamos que ella había tenido una percepción de las apariciones. La llevamos, para que se tranquilizara, a la oficina, con la excusa de ofrecerle un café.


-Mercedes, ¿qué le ocurre? No creo que sea solo tristeza, ¿verdad?


-Tengo una sensación horrible, señor Edgard. Mi lazo con mi abuela siempre fue muy estrecho. Yo sabía cuándo ella estaba feliz, y cuando estaba mal. Y ahora estoy segura de que algo terrible está ocurriéndole.


Sentí de golpe el dolor de pinchaduras agudas en las manos, algo recurrente de sus malos momentos. Pero, ¿cómo puede tener un mal momento, si ya no está en este mundo? No lo entiendo…


-Sé que le debe resultar muy confuso. Sólo le voy a pedir que se calme, y que confíe en nosotros. Entendemos lo que siente, créame. Cuando termine el velorio, estaremos en condiciones de saber bien lo que ocurre. Tranquila. Lo que sea, tendrá una solución.


Y volvió Mercedes a la sala, tensa y afligida. Cuando concluyó la despedida, y se retiraron los deudos, Tristán me dijo:


-Observe el cuerpo de Leonor, Edgard. Las manos de la buena mujer estaban totalmente cubiertas de alfileres oxidados.


-Saquemos esas cosas, ya, antes de cerrar el ataúd.


Y cuando terminamos de hacerlo, ayudados por pinzas, ya que estaban profundamente clavados, aparecieron nuevamente las almas. Leonor penaba una angustia terrible. La mujer malvada tironeaba de ella como intentando retenerla, impidiendo su tránsito hacia la luz. Al unísono, impusimos las manos a las apariciones, intentando captar la naturaleza de lo que ocurría.


Entonces, un torbellino de imágenes nos ilustró abruptamente la historia: ´´Leonor, siendo muy niña, fue puesta como criada de una familia muy adinerada,


´´La familia a quien le tocó servir no fue precisamente agradable. Todos la trataban muy mal, y la denigraban en cada ocasión posible.


´´La mujer que la acosaba, se llamaba Sara, y con tal de no verla en paz, la ponía todo el día a trabajar sin descanso. Sólo le daban una pausa los lunes.


´´La hija de Sara, de la misma edad de Leonor, no perdía tampoco ocasión de humillarla cada vez que podía. Y el día de Reyes, le hizo un desfile con las hermosas y costosas muñecas que le habían regalado, mofándose de que ella no tenía ni un caramelo por presente.


´´Leonor, que sólo era una niñita, creyó que podía subsanar esa carencia, y decidió, en nombre de los Reyes, hacerse un regalito.


´´El lunes, su día libre, la familia se ausentó de la casa, y ella se tomó la libertad de entrar al cuarto de costura de Sara, y seleccionar de un canasto pedazos de tela que se ponían allí para descartarlos más tarde.


´´Con una habilidad innata, fue armando una bella muñeca de trapos, vestida alegremente, y con una enorme sonrisa en la carita.


´´Muy feliz, esperó a que llegaran sus patrones, para mostrarle a la hija de Sara que los Reyes no se habían olvidado de ella.


´´Nunca imaginó las consecuencias de su inocente acto.


´´Cuando Sara vio el juguete, y supo que Leonor había entrado en su cuarto de costura, la tomó por el pelo, y comenzó a zarandearla.


-¡Cómo te has atrevido, mocosa mugrienta, a tocar mis cosas personales! ¡Has robado mi material, y utilizado mis elementos!


-¡No robé nada, señora Sara! ¡Tomé las telitas que usted tira a la basura!


-¡Pues a la basura debían ir, no a tus sucias manos! ¡Dame esa porquería ya!


Con los ojos llenos de lágrimas, observó cómo tiraban su linda muñequita a las llamas de la chimenea.


-Y ahora, para que aprendas que lo único que tienes permitido con las propiedades de esta casa es limpiarles lo sucio, te voy a dar una lección, para que no se te olvide en tu vida.


´´Arrastrándola del cabello, tras la mirada indiferente del esposo, y una llena de malévola satisfacción de la hija, la llevó al cuarto de costura.


´´Allí, con una muestra de crueldad sin límites, le clavó en las manitas a Leonor todos los alfileres que tenía en existencia, y le hizo arrodillarse para pedir perdón.


´´Cuando Leonor lo hizo, con las manos sangrantes, le dijo:


-Te doy media hora para quitarte los alfileres y colocarlos en su lugar. Controlaré que no falte ni uno. Y más te vale que mañana estés trabajando como si nada, porque de no ser así, te echaremos a la calle como el perro que eres.


´´Leonor logró quitarse los pinchos con muchísimo dolor. Ese día lo pasó encerrada en su cuarto, con las manos vendadas con una enagua propia. Y pese que el martes sus manos seguían doliendo horriblemente, logró cumplimentar sus labores, pese a su tormento, y a la pena de recordar todo el tiempo que su primer y único juguete, tan bonito y hecho con amor, fuera quemado sin poder haberlo abrazado ni una vez.


´´Con los años, Leonor salió de esa casa, sin soportar más maltratos, y consiguió trabajo y libertad para hacer su vida. Y eso, Sara jamás se lo perdonó. La consideraba de su propiedad, como una olla o un mueble, y más agraviada aún, cuando vio que logró una vida plena y feliz.


´´Ahora, ese espíritu oscuro y maligno, no le permitía marcharse al puro y benigno de Leonor. Sara sólo tenía energía para el mal. Indignados ante la bajeza de esa sucia entidad, tomamos los alfileres oxidados, y se


los arrojamos al colérico espectro de Sara, mientras yo le gritaba:


-¡Te expulsamos de este plano, espíritu inmundo! ¡Vete con otros monstruos horrendos como tú, y sufre tus culpas y maldades!


Los pinchos se clavaron en la imagen de Sara, que se retorcía de rabia. Se pusieron incandescentes, y ardieron, deshaciendo en cenizas al cruel fantasma dañino, que en ningún momento dejó de mostrar odio, aún mientras desaparecía de nuestra vista. Leonor tenía un gesto de paz agradecida, y nos señaló el féretro: entre sus manos, descansaba una linda muñequita de trapo.


-¿Puedo tomarla, Leonor?


Ella hizo un manso gesto de asentimiento feliz, y se despidió, abandonando el mundo de los vivos en medio de una bella bruma dorada. La muñeca de trapo renacida de las llamas de maldad e injusticia, es parte de


mi colección, y con ella oramos frecuentemente pidiendo protección para los niños de todo el mundo. Hablé posteriormente con Mercedes, y ella me agradeció, diciéndome que podía sentir que su abuelita descansaba por fin en paz.


Espero que cualquiera que perpetre un acto de maldad contra una criatura no se cruce en mi camino. No tendrá un final feliz. Se los aseguro, mis amigos, y los espero en La Morgue, con toda mi colección de historias a su disposición.

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