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Adorador de pies

Aurelio era un adorador de pies. Sí, así como suena.

Toda su libido se canalizaba en la observación de los pies femeninos.

Con esa particular pasión, no fue para nada extraño que se dedicara a la podología, descartando clientes masculinos para centrarse solo en mujeres, que, si bien no entendían el sudor y los temblores que atravesaban su cuerpo delgado mientras trabajaba, quedaban conformes con la impecable labor que realizaba, completada con un masaje gratuito con aceites relajantes.

Para Aurelio, su trabajo era su éxtasis secreto, su máximo disfrute. Pero fue así solo por un tiempo: el placer de su labor tocando pies, le exigía un anhelo mayor, un deseo más amplio y reconfortante.

Aurelio se transformó en un saqueador de tumbas: desenterraba cadáveres “frescos” para cortar los pies, que conservaba lo mejor que podía, con técnicas muy rudimentarias. Los guardaba en un congelador, los deshielaba y entibiaba, y luego se acostaba a adorar los miembros amputados con salvajes fantasías asquerosas y repulsivas.

El punto es que Aurelio se negaba a descartar los pies cuando, pese a ir recolectando nuevos, que almacenaba en un refrigerador específico para ese fin, empezaban a descomponerse y apestar horriblemente.

El hombre descubrió que ese estado de sus objetos de adoración lo enardecía aún más.

Comenzó a perder clientas para sus sesiones de podología, porque el hedor a putrefacción que emanaba el pedicuro no era tolerable. Pese a su higiene dedicada, el olor a muerte se le había pegado al cuerpo como una segunda piel.

Esa peste, que trascendía los límites de su hogar, asqueando a los vecinos, que advertían el enjambre de moscas alrededor de la casa, y los gusanos que reptaban saliendo de ella, optaron por amables llamadas pidiendo explicaciones y solución al problema.

En principio, el hombre puso una excusa de cloacas desbordadas, y prometió pronta solución, que no llegó nunca.

De la amabilidad, los residentes cercanos a Aurelio, pasaron a una abierta hostilidad, cuando la brisa ardiente del verano transportaba vahadas de fragancia pútrida, que les arruinaba las comidas, provocando náuseas generales, y lo denunciaron, furiosos, a la policía.

Los uniformados, espantados de la peste inmunda no bien se apersonaron, fueron recibidos por un Aurelio que cargaba con pies podridos, con una feliz cara de enajenado, y claros síntomas de desnutrición y deshidratación.

Para coronar la inmunda torta de horrores, de la boca del enloquecido sujeto colgaban pedazos de carne podrida que coincidían con espacios faltantes de los pies que llevaba.

Luego de una vomitona policial generalizada, el comisario Contreras, muy disgustado y descompuesto, llamó al hospital psiquiátrico, solicitando ayuda para llevarse al alienado adorador de pies.

El comisario, que se llegó expresamente a contarme su desagradable experiencia, me trajo el maletín de podología de Aurelio. Al parecer, el hombre le hacía atenciones de pedicuría a los pies arrancados, antes de entregarse a sus aberrantes prácticas.

Por lo que se sabe, múltiples espectros de mujeres sin pies lo atormentan en su encierro en el neuropsiquiátrico donde pasará el resto de su retorcida vida.

Pronto, con la mediación de mi amigo, lo visitaré para liberar las almas de las difuntas cuyos cadáveres fueron profanados. Merecen el descanso eterno.

En cuanto al infausto maletín negro, se luce en los estantes de mi colección. De tanto en tanto, por las noches, emite raros sonidos de pisadas, y emana bocanadas de aire pútrido, que yo neutralizo con una oración.

Pueden llegarse hasta La Morgue, para comprobar personalmente mis palabras. Quedan invitados con mucho gusto. No falten…

@NMarmor

Edgard, el coleccionista





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