Advertencias de la Señora V

“Es tu nombre el que digo al viento. Regresa. Regresa”. Las cartas de la Señora V se volvieron cada día más confusas y tristes. Su ira aumentó como su soledad. Los golpes en las paredes y los lamentos en los pasillos. Los clientes dejaron de venir. Sólo curiosos e indolentes venían a verme. Las puertas se cerraron, nos quedamos solas.

“En un círculo de cal di mi nombre tres veces. Una vela negra en el centro. Que ninguna otra luz pueda confundir mi camino”.

El deseo de hacerse presente causó escalofríos a mi piel. En la noche, un sueño: una tortuga bebé era mi mascota. Yo era un hombre que cuidaba de ella. La guardaba en una bolsa de plástico hasta quedar muerta. De un verde vivo, al pálido de la muerte. Despierta, despierta… Ya viene, fue lo que pensé en el frío recalcitrante de la noche.

Cerré las puertas y ventanas de la casa. “Envuélveme en tu luz blanca Protege mi espíritu.

Isis, descubre tu velo y que su rostro pueda ver”.

Su rostro se formó en la penumbra. Las cuencas de sus ojos vacías.

--El amor es ciego.

Pronunció. Sus manos frías, heladas, húmedas deslizándose sobre las mías, conexión inexorable con la muerte. Un golpe en pecho, dolor profundo. Un latido débil. La llama tibia, creadora de tinieblas, se apagó con un suspiro. Oscuridad. Silencio.

“El corazón miente para continuar creando su amor. Conozco la angustia del silencio, el no poder decir cuánto y a quién se ama.

El amor es ciego y entre tinieblas veo lo que el suyo dicta La furia de los celos no entiende de razón”.

Fue la primera advertencia.

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