El corazón se marchita

De vez en cuando me da miedo ponerme la máscara, así que la dejo en una esquina de la habitación viéndome fijamente, esperando a que sea el momento adecuado. Pero hoy no, hoy no es el día.

Es un día de sentarme sola, de tocar mi rostro sin estar cubierto y de saberme sola.

Últimamente la máscara ha traído consigo el dolor del Cuervo, no sólo su corazón pesado, también trae su oscuridad. Antes cuando la habitación se oscurecía él era capaz de iluminar todo con su corazón enorme, brillaba y hacía que pudiera sentirme tranquila, veía las luces en la pared y fingía que bailaban; entonces me sentía como una niña de nuevo, vulnerable y con todo el mundo para creer, pero estos últimos días han sido distintos, su corazón ya no brilla, sólo hay sombras y de vez en cuando lo escucho sollozar manchándome de lágrimas.

Pensé que al quitarme la máscara iba a ser más feliz, que de alguna forma toda esa pesadez se iría; claro, eso no pasó. Estoy más cansada y ahora siento que lo extraño.

Toco mi pecho buscando su corazón y se siente aletargado, seco: se está marchitando.

El Cuervo siempre juró jamás entregar su corazón, nunca dejar que se rompa, pero al parecer olvidó dejar a la vida entrar en él. El miedo al dolor hizo que lo encerrara, que lo encadenara tras las costillas y ahí se quedó hasta marchitarse.

Ya no hay luz en él, ya no hay quien ilumine la habitación.

Me pongo la máscara esperando que de alguna forma respire a través de mí.

- Vuelve Cuervo, no se ha terminado

Pero ya no quiere pelear, su cuerpo entero se secó de tanto llanto, las plumas se caen débiles. Sé que se lamenta por alguien, sé que tiene nombre quien le dio tanto peso, quien lo dejó solo en las sombras, pero también sé que el Cuervo sabe ver en la oscuridad

-Cuervo, no se ha terminado, todavía tenemos alas - Le digo mientras acaricio sus plumas que salen de mis brazos - Cuervo, no dejes de soñar.

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