La Princesa Invisible.



Seguramente no sabes lo que es ser invisible, pero yo sí lo sé.

Yo era esa niña rara que se escondía detrás de la gente para imaginarse que estaba viviendo su vida. La que se pudo haber levantado la falda del uniforme para que le vieras los calzones por unos segundos, yo soy esa, la invisible, bueno, al menos eso fui.

Créeme, crecer sin ser visto no tiene sus ventajas, todos hablaban de cómo odiaban ser observados, pero yo hubiera matado por unos momentos en esa vida.


La maestra hablaba tan fuerte que realmente no importaba en qué parte del salón te sentaras: la ibas a escuchar, pero yo odiaba sentarme atrás, era el lugar de los que no habían peleado por su derecho de ser alguien, era a donde los niños olvidados se van a morir.


Ahí estaba entre ellos, viendo sólo la parte de atrás de la cabeza de mi compañera, me imaginaba cómo era por dentro, si era blanda o era dura, no sabía de qué estaba hecha. Romper una cabeza no parecía ser tan difícil, fantaseaba con hacerlo mientras que sus largas trenzas chocaban contra mi cuaderno.


Un día me sangró la nariz y supe que mi sangre era roja, ¿será roja la de ella? pensé mientras me limpiaba. Ser un extraño en tu propio mundo te puede hacer creer que no hay nadie más como tú.


El día que ensucié todo mi lugar con propia orina descubrí que ni así me veían, nadie, caminé al baño a limpiarme, tiré mi ropa interior en la basura y me imaginaba qué hubiera pasado si hubiera sido ella. Toqué mi cuerpo descubierto imaginando que era ella, que me veían y me tocaban. Pasé toda la clase ahí y nadie lo notó.

El camino a mi casa siempre era el mismo, me sentaba rodeada de gente y sin embargo no abría la boca en ningún instante: la soledad es una cosa tristísima.

Entre tantos seres vivos y no había una sola mano que me rozara, hasta que un día sí pasó. Se sentó a mi lado, tomó mi mano y con eso yo sentí que me desvanecía totalmente. Al siguiente día lo seguí a todos lados, no conocía límites, decían, aun así seguí. En el recreo lo busqué, vi cómo me veía acercándome y se alejaba pero no lo podía dejar ir: me había visto. Continué caminando tras de él en silencio. En mi casa le hice un regalo con hojas de colores. Lo escondí en su mochila y al acabar el día ya estaba de vuelta el regalo en mi mochila. Ya no se sentaba conmigo en el transporte.

Una tarde lo vi sentarse a unos asientos de distancia, esperé el momento me bajé del camión escolar justo en su casa: no había porqué estar separados. Corrió, yo no sé correr. Esperé afuera, me senté en los escalones de la entrada de su casa, no podía vivir unos segundos más sin sentir sus manos cerca. No sé porqué no entendía. Pasó tiempo, su mamá salió.

-Deberías irte, dice que no quiere verte, dice que lo hizo porque te vio sola pero por favor, déjalo en paz, esto es muy difícil para él. Ya llamé a tus papás y vienen para acá.


Saberte vista por la humillación, llorar todo el camino de vuelta en el asiento de atrás, que ni siquiera los abrazos de mi mamá me logren calmar.

Tener que volver a la escuela, escuchar las risas detrás, encontrar notitas en mi silla. Ahora sí saben dónde me siento.

- Es obsesiva - escucho tras la puerta a la psicóloga hablar con mi mamá - dicen que a veces se hace del baño a propósito durante clase para poder salirse y encerrarse en el baño por horas.


Lágrimas en sus ojos, hicieron llorar a la única persona que me ve, le hicieron creer que soy un monstruo. Caminar hacia la puerta de la escuela y sentir un golpe en la cabeza seguido de una risa

-Sí le diste, ¿cómo le hiciste?

Agachar la mirada con un plan.



Era inevitable volver a la escuela, el ciclo escolar seguía. Ahí estaba rodeada de los demás invisibles en la parte de atrás del salón. Sonreí. Limpiarme la nariz hasta que saliera sangre. Salir porque manché sus trenzas con mi suciedad, ella grita con asco y yo la veo escurriendo. Salir del salón siendo menos que invisible. Subir toda la escalera hasta el final de los pisos, asomarme y ver el patio: mi lugar de tortura, cerrar los ojos y brincar.


Ya no hay quien ría.


En el hospital dicen que lo hice mal, no era tan alto. Nada en mi cuerpo se siente. Mi mamá ya no llora, sonríe de verme. Con mis manos toco una corona de flores con una carta firmada por los niños del salón. Mejórate pronto princesa y una imagen de una corona.

¿Seré una princesa mientras las flores estén enteras? ¿Mientras los huesos sanen y esté escondida?


Cerré la carta junto con mis palabras por siempre, las flores se empezaban a desbaratar entre mis dedos y reí: el dolor se había ido, ya era un monstruo no una princesa.




Imágenes: Manga, Pupa.

Entradas destacadas
Entradas recientes
Archivo
Buscar por tags
  • Facebook icono social
  • Twitter - círculo blanco
  • Icono social Instagram

Av Constituyentes 354, Panteón Civíl de Dolores, 11100 Ciudad de México, CDMX

© 2023 por Rigor Mortis.

Las ilustraciones de este sitio pertenecen a sus autores.