El monstruo come muñecas


Todos hemos cometido errores, todos hemos sido monstruos en algún momento.

Intentaba convencer sin ningún éxito a las figuras de autoridad que se encontraban en frente de mí tratando de crear de esto un juicio digno; aunque realmente a quien quería convencer era a mi mamá, me miraba detrás de ellos, bueno, trataba de hacerlo ya que los ojos se le inundaban de lágrimas y debe ser difícil ver entre el agua.


Me ven como si fuera un animal que tuviera que estar en una jaula, es fácil tenerme miedo, es más sencillo así, negar sus verdaderos impulsos y donármelos todos: crear un archivo donde se escriba detalle a detalle lo que hizo el monstruo, guardarlo y dejar todo ahí, en un cajón donde se haga homenaje sólo al morbo, porque claro, ellos quieren saber cara detalle.


Quieren saber cómo empezó, qué fue lo que me volvió un monstruo y de esa forma asegurarse de que no vaya a sucederle a nadie más. Difícil de saber, a decir verdad, tuve una infancia tranquila, hermanos, nunca fui abusado, adolescencia, igual, rara como todos, no hay una sola pieza del rompecabezas que encaje, entonces ¿qué fue? Fácil, fue la desesperación, fue un día llegar a los treinta años y mirar atrás y ver todo un mundo de oportunidades echadas a perder, ver todo un futuro que seré incapaz de tener; eso fue.


¿Sabes cómo hay una regla universal para todo lo que se debe de hacer? Era así: ir a la escuela, obtener las mejores calificaciones, graduarte y luego seguir siendo el mejor en empleos, la mejor casa, todo siempre va de la mano, no había forma en que fallara en ese plan. Todas las navidades me reunía con mi familia y sonreía cuando mi mamá ponía su mano en mi hombro para empezar a contarles a todos acerca de mis logros. Me encantaban esas fechas, era como ser un gigante en una mesa de pequeños: todos me veían maravillados y yo sólo reía viendo cómo me envidiaban. Era increíble. Hasta que claro, pasa lo invariable, una navidad llega el retrasado de mi primo, ese que usa un fleco medio grasoso que le cubre la mitad de la frente y babea mientras habla diciendo que había embarazado a una de sus amigas. Ni siquiera se atrevió a decirle novia pero todos teníamos que mostrarnos emocionados. Quería asquearme e irme de la mesa: estábamos presenciado la reproducción de seres inferiores, ya nadie hablaba de mí.


Poco después mi celular se llenó de fotos de esa mujer embarazada, silencié las notificaciones del grupo familiar. No podía contestar el celular porque escuchaba gritos de mi mamá y claro, la eterna pregunta: ¿Tú para cuándo? Apagué el celular personal. Ahora era silencio, era yo solo y sinceramente era mejor así. Poco a poco dejé de ir a las reuniones, dejé las navidades, todo. Pasé tres navidades solo, feliz. Había llegado a los treinta siendo líder de una empresa y dueño de un departamento, juré que era suficiente para ganar de nuevo mi lugar en la cabecera así que fui a la navidad en casa de mi abuela.


Ojalá el silencio me hubiera seguido hasta allá, pero cuando abrí la puerta corrió una pequeña niña con ojos redondos color miel a abrazarme con fuerza las piernas. Temblé tanto que ella se alejó riendo. Lo único bueno que mi primo había logrado hacer era ella, esa niña con la piel blanca y sonrisa rosa. Nunca creí que detrás de ese fleco sucio tuviera ojos claros. Me vi forzado a sentarme en una silla sin valor alguno viendo cómo todos hablaban de la forma en que un condón roto trajo la felicidad a la casa. Ahora él era el protagonista.


Esa noche no pude dormir, sin embargo, no era la falta de éxito lo que me mantenía despierto, era ella, estaba en mi cama, por primera vez en mi vida, despierto pensando en una mujer. Me había obsesionado, a la mañana siguiente llamé a mi mamá y convoqué una reunión en mi casa haciendo hincapié de que trajeran a la niña, no sé cómo creyeron mi súbito espíritu navideño pero ahí estaban todos, sonrientes manchando mis muebles finos con sus yemas sucias. Yo estaba nervioso, estaba a punto de tener una cita: no podía dejar que algo saliera mal.


Cuando la vi entrar el tiempo se detuvo, corrió hacia mí y me abrazó de nuevo. Julieta, se llamaba igual que el único nombre que su padre podía recordar acerca de un libro, pero yo la amaba así.

La comida fue un éxito tal que poco a poco me fui metiendo en la vida de mis parientes, mis mentiras se incrementaron, cada vez más pretextos para estar con ella, la veía crecer, Julieta, la conocí de unos tres años y ahora estaba a su lado en cada cosa nueva que le pasaba. Los cumpleaños, por supuesto, eran lo mío, reservaba el salón de fiestas de mi edificio y no había nada que no pudiera hacer por ella. Te verías hermoso con una niña hijo, deberías de ir buscando una chica para enamorarte, dijo mi madre mientras yo sostenía a Julieta en mis piernas y le tomaba fotos con mi celular ¿Qué no sabe que ya estoy enamorado? Pensaba mientras sentía mi mano abarcar todo su cuerpo. Su cumpleaños seis, luego el siete, éramos un equipo imparable, ya estaba acostumbrada a mi presencia, con todos sonreía siempre. Me veía y reía, poco a poco teníamos más tiempo juntos, Julieta ya tenía un cuarto en mi casa, ya era nuestra casa. Ojalá me pudiera quedar más tiempo, dijo una vez ella dejando caer una muñeca de su mano; había llegado el grasoso de su padre por ella, ¿y si pudiera quedarse más tiempo? El plan no fue difícil, con mucho dinero y buenos contactos encuentras a alguien que se vea medianamente decente, que vaya a la escuela de la niña y le diga a la directora (con un vocabulario impecable) que es el tío de Julieta y se tienen que ir por una emergencia, lo antes posible; la saca de la escuela (ella siempre abraza a todos, nadie sospecha) entran a la camioneta y ahí estoy yo, esperando: es mía. Me ve, ella se siente segura, vamos a la casa, a nuestra casa.


La primera noche dormimos abrazados, jugamos hasta la medianoche y nos quedamos dormidos. Es fin de semana, comienzan las llamadas, me escondo en el baño donde Julieta no me escuche mentir, decir que fue un viaje de trabajo y al trabajo que son vacaciones, necesitaba tiempo para estar con ella.


No deja de preguntar dónde están sus padres. Era cansado, ¿para qué los quiere? Había llamadas con gritos y llantos de parte de mi madre. Con el pretexto de que yo estaba fuera de la ciudad pude hacer una gran transferencia de dinero a mi primo con el fin de buscar a la niña, es increíble cómo compré su calma y más tiempo con Julieta. Juega con tu muñeca, es la nueva, te la iba a dar para tu cumpleaños, sigue el ocho, ¿no? Silencio, ya no me habla. Nos mirábamos fijamente, cuando salía del cuarto y volvía la veía escondida detrás de la cama, parecía estar rezando, ya no ríe como antes ¿por qué no ríe?


El trabajo me buscaba, mi familia me agotaba: se habían acabado el dinero. Habíamos llenado la ciudad con fotos de la niña y no había habido respuesta. Algunos días Julieta sonreía y volvíamos a jugar como antes, era feliz conmigo, otras lloraba y algunas sólo estaba en silencio. Me estaba matando nuestra falta de comunicación, era por mucho mi relación más larga y la estaba arruinando.


Creo que fue una madrugada cuando desperté en el piso de su cuarto, ella dormía en la cama, fui al baño, lucía como un monstruo, mi barba era tan larga que me daba asco, me rasuré así, casi a navajazos y me llené de sangre, volví, ella despertó y me vio, en su mirada había un terror tan horrible que quería golpearla hasta regresar a la anterior, no a ella, ya me había hartado. Puse seguro en la puerta y me fui, primera vez que salía de la casa en tres semanas.


Es el momento donde todos toman nota en el tribunal, quieren detalles, quien saber cómo manejé en la oscuridad, con lluvia, cómo no me detuve hasta que se acercó una niña a pedirme dinero, era tan pequeña que apenas alcanzaba el vidrio de mi camioneta, cómo abrí la puerta para cargarla y dejarla entrar. La abracé como si fuera una muñeca. Ellos quieren saber cómo me enojé cuando ella tampoco quiso reír, cuando miré su pequeña cara y tampoco había una sonrisa, quieren saber cómo volqué todo mi enojo sobre ella, cómo la regañé por amar a unos idiotas cuando conmigo lo tenía todo, quieren saber cómo nadie me ayudó a esconder el cuerpo lleno de moretones en el cuello, como mi contacto me dijo que era un monstruo y colgó.


Era un monstruo, pero ya no me importaba nada. Dejé el cuerpo en la cajuela de la camioneta.


Volví a la casa, Julieta estaba escondida, todas las muñecas estaban rotas. ¡¿Qué pasó?! le grité por primera y última vez en mi vida. Ella lloraba, no quería verme a los ojos. La abracé y me susurró al oído cómo las había mandado a dormir antes de que llegara el monstruo que se las iba a comer a todas: yo. Era como si supera lo que acababa de hacer y estuviera protegiendo a todas las muecas que pudiera. Lloré, hacía mucho tiempo que no lloraba en el hombro de una mujer, y lo hice, desconsoladamente, nunca me atreví a nada más que a derramar mis lágrimas sobre su cuerpo. Julieta acarició mi cabeza mientras yo dormía, dormí durante horas, a los pocos días hubo quejas por el olor de mi camioneta y sospechas por mi ausencia, fue cuando mi mamá me encontró tirado en el piso abrazando a Julieta que tenía las lágrimas secas y la carita sucia, pero aun así estaba más vida y llena de amor de lo que yo alguna vez llegaré a estar.



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