ÁCIDO

Mi amada Aurora trajo, casi a la rastra, a una chica asustada a mi oficina.

--Habla con Edgard, Lorena. Él te ayudará.

La chica, muy nerviosa, no sabía por dónde empezar.

--Quédese tranquila. Estamos entre amigos. Lo que me cuente, no saldrá de acá.

--Gracias. Es que no quiero traer problemas a nadie…

--Cuénteme. Todo saldrá bien.

Entonces, tras un larguísimo suspiro, Lorena liberó su historia.

Hacía varios años que estaba en pareja con Francisco, un herrero.

Quién en la primera fase de su relación se mostraba como un príncipe azul, fue, lentamente, cambiando hasta convertirse en un ogro siniestro.

Con la excusa de que una princesa como ella no debería esforzarse en las rudas labores de una fábrica, le hizo dejar su trabajo, pasando a depender económicamente de él.

Poco a poco, con diferentes excusas y presiones, la fue alejando de su familia y amistades.

Comenzó a supervisar su forma de vestir, su manera de hablar, y le indicaba, incluso qué programas y series no debería ver, controlando si cumplía sus absurdos mandatos.

En principio, implementó violencia verbal, que luego fuego creciendo, hasta que llegaron los golpes, empujones y tirones de pelo.

Lorena no lograba entender cómo ese hombre encantador que la había enamorado se había transformado en un monstruo cruel e inhumano.

Hubo un brote de femicidios que se divulgaron por la prensa.

El más horrendo fue el de una mujer atacada con ácido.

Francisco parecía disfrutar del espanto en los ojos de Lorena. Al ser herrero, él manejaba ácidos, que guardaba prolijamente en su taller.

Un día en el que estaba especialmente irritado, la llamó al taller.

--¿Recuerdas a la perra que murió quemada con ácido?

--¿Por qué me preguntas eso?

--Para que tengas muy presente lo que les ocurre a las mujeres que desobedecen a sus hombres.

Quiero enseñarte algo, a modo de lección, para que no se te olvide jamás. Últimamente estás muy rebelde y deslenguada.

Extiende el dorso de la mano.

--¿Qué vas a hacer?

--¡Cállate, y obedece!

Temblando, Lorena accedió. Con un extraño gotero, Francisco le vertió un líquido, y la mujer creyó que se desmayaría de dolor.

La quemadura horrible que sintió la hizo querer correr a atemperar su sufrimiento con agua, pero Francisco, tomándola firmemente por el brazo, la retuvo.

--El agua solo la empeora—dijo, y le vertió vinagre en la herida, frenando la acción del químico.

Luego, ignorando el llanto desconsolado, le hizo curaciones y le vendó la zona afectada.

--Siéntate y escucha: ahora que sabes lo que es una quemadura con ácido, solo con una gota. Quiero que te imagines lo que sentirías si te lo arrojara en el rostro.

Te quedará una cicatriz en la mano, que te recordará siempre que debes comportarte debidamente: las mujeres nacieron para complacer a los hombres, no para hacerse las poderosas.

Me estoy cansando de renegar con tus caprichitos.

Desde hoy, cuando salga, te encerraré en la habitación. Te dará tiempo a reflexionar, y evitará que hagas estupideces.

Ahora, vete a preparar mi cena.

Desde ese día horrible, Francisco se marchaba muchas horas, dejándola presa en su habitación.

A veces, regresaba al día siguiente.

Aterrorizada, no se atrevía a quejarse.

Una tarde en la que Francisco estaba particularmente cordial, le pidió que le acercara la merienda al taller.

Ella, sin decir palabra, preparó la bandeja con las delicias que disfrutaba el hombre, y, con premura, se la dejó en la banca de trabajo. La miró agradecido, y la besó, sonriéndole como lo hacía en los primeros momentos, en los que creía haber encontrado al amor de su vida.

Ya se estaba retirando, cuando vio una barra de hierro apoyada en la pared. Con una extraña sensación de irrealidad, la tomó, y cobrando una fuerza que se desconocía, le partió el cráneo, mientras el tipo tragaba sus bocadillos.

Lo observó caer, con los sesos afuera.

Como en un trance, recorrió el tallercito, y encontró varios tambores de ácido. Uno, enorme, estaba vacío.

Con una sierra cortó el cadáver en trozos, y los fue metiendo dentro del tambor.

Tomando unos guantes especiales que le había visto tener puestos cuando manipulaba químicos, fue vertiendo con una jarra que tenía ese fin, ácido sobre los restos del gigantesco tambor, hasta cubrir los inmundos pedazos del cadáver.

Cuando terminó su infausta tarea, ya estaba bien entrada la madrugada.

Le puso al tambor la tapa, y se abocó a limpiar el sangriento desastre del taller.

Para el amanecer, todo estaba pulcro e impecable. Nadie adivinaría jamás el horror sucedido entre esas paredes.

Lorena se preparó el desayuno, y comió con un placer que había olvidado.

Había perdido mucho peso, y la comida le supo a gloria.

Luego, cantando alegremente, hizo sus valijas, y también las de Francisco.

Se tomó un taxi, regresando a la casa de sus padres, que la recibieron muy felices, pero antes, hizo una parada para arrojar las cosas de Francisco en un vertedero.

El taxista era un hombre hosco, que no le hizo preguntas.

Ella le dejó una generosa propina, que el tipo agradeció con una especie de gruñido.

Ya tranquila en su casa, fue retomando su vida: volvió a socializar con sus amigas, y consiguió un nuevo empleo, a tiempo parcial: su nueva meta era estudiar una carrera.

Como quién despierta de una pesadilla, imbuida en su nueva y grata realidad, una madrugada se despertó con un horrible dolor en la cicatriz de su quemadura. Horrorizada, se percató de que refulgía en la oscuridad, como lava candente. Pero lo peor, fue descubrir el espectro de Francisco, que la miraba con una sonrisa llena de odio feroz.

Reprimiendo los gritos de dolor, paralizada de espanto, aguantó la mirada de Francisco, terriblemente desfigurado con ácido, flotando sobre ella, con un frasco en la mano.

Entendió que el espectro quería vengarse. Recién al amanecer desapareció, y su cicatriz dejó de doler, volviendo a la normalidad.

Una semana completa aguantó esa tortura, sin contarle a nadie su padecer.

Quiso el destino, que, al salir de su trabajo, agotada y ojerosa, se topara con Aurora, a quién conocía de pequeña.

Aceptó de inmediato la invitación a tomar un café, y le contó, conmocionada, su espantoso problema.

--Mi querida Lorena: conozco a la persona justa que puede ayudarte.